El gratín del Delfinado, en los Alpes franceses: rebanadas finas de papa cocidas primero en leche y crema con ajo y nuez moscada, y luego horneadas despacio hasta dorar. No lleva queso: la crema y el almidón de la papa, que no se enjuaga, son los que hacen la costra y lo cremoso.
La sopa de los bistrós de París: cebolla amarilla cocida una hora en mantequilla hasta volverse café oscuro y dulce, con vino blanco y caldo de res, cubierta con pan tostado y queso gruyère gratinado. Todo el sabor sale de la cebolla, por eso no se apura con fuego alto.
El guiso de Borgoña: res marinada una noche en vino tinto, dorada en tandas en la grasa del tocino y cocida tres horas en el horno, con champiñones y cebollitas glaseadas al final. La carne con nervio es la que se vuelve tierna, y la salsa se cuela y se reduce hasta que cubre la cuchara.
El guiso de verduras de Provenza: berenjena, calabacita italiana y pimientos dorados por separado en aceite de oliva, y juntados al final en una salsa de jitomate con cebolla, ajo y tomillo. Cada verdura se dora a su tiempo, así ninguna se deshace y el guiso no queda aguado.