El gratín del Delfinado, en los Alpes franceses: rebanadas finas de papa cocidas primero en leche y crema con ajo y nuez moscada, y luego horneadas despacio hasta dorar. No lleva queso: la crema y el almidón de la papa, que no se enjuaga, son los que hacen la costra y lo cremoso.
La sopa de los bistrós de París: cebolla amarilla cocida una hora en mantequilla hasta volverse café oscuro y dulce, con vino blanco y caldo de res, cubierta con pan tostado y queso gruyère gratinado. Todo el sabor sale de la cebolla, por eso no se apura con fuego alto.
Pasta brisa de mantequilla fría horneada primero sola, rellena de tocino dorado, huevo, crema y nuez moscada, como en Lorena. La base horneada en blanco y sellada con clara se queda crujiente debajo de un relleno apenas cuajado.
El guiso de verduras de Provenza: berenjena, calabacita italiana y pimientos dorados por separado en aceite de oliva, y juntados al final en una salsa de jitomate con cebolla, ajo y tomillo. Cada verdura se dora a su tiempo, así ninguna se deshace y el guiso no queda aguado.